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Urbanismo unitario: una ocupación de los ciudadanos (Miguel Robles ­Durán)

Quisiera recordar dos textos inspiradores, escritos hace cuarenta años, que pueden ayudarnos a reflexionar sobre nuestra precaria condición contemporánea. Dichos textos nos pueden ayudar a relacionarnos con un pasado revolucionario aparentemente cercano. Un pasado obsesionado no solo por los fallos en la lucha triunfante, sino también por momentos aparentemente mejores, cuando la conciencia colectiva desafió directamente al Estado capitalista y la producción de conocimiento contribuyó a dejar al descubierto el complejo modus operandi de las abstracciones sociales, espaciales, económicas y políticas, que, incluso ahora, siguen subyugando nuestras vidas cotidianas a través del control planificado de nuestro entorno vital. A medida que el régimen económico dominante nos impuso la urbanización masiva, y la movilidad del capital exigía más espacio para ocupar a una escala sin precedentes, comenzó a emerger un modo radicalmente diferente de pensamiento crítico. En contraste con la lógica poco sistemática imperante de desarrollar más especialidades para trabajar en la complejidad producida por una urbanización intensificada, dos pensadores radicales de finales de los años sesenta comenzaron a desafiar al obtuso aparato disciplinario que aun hoy en día se esfuerza por comprender y explicar las grandes construcciones y las consecuencias de la producción del espacio post-moderno. Estos dos pensadores fueron el geógrafo británico David Harvey y el filósofo francés Henri Lefebvre. Sin duda, muchas de las construcciones capitalistas citadas tanto en la crítica de Harvey como la de Lefebvre han cambiado en las últimas cuatro décadas. Pero a mi modo de ver, el aspecto más estructural de las mismas sigue siendo el mismo, o ha empeorado, ya que se han visto refor- zadas por los procesos de neoliberalización. En este artículo, me centraré en una de las condiciones capitalistas que no han cambiado. De hecho, es una de las que se ha visto reforzada, pero, lo más importante, es una condición que se dirige al lector de una manera muy directa como un ejemplo claro de la división del trabajo intelectual: esto es, la continua fragmentación del aparato disciplinario en relación con lo “urbano”. Este problema estructural, fue la crítica de partida de uno de los textos más influyentes de Lefebvre, La production de l’espace, publicado por primera vez en 1974 [1]. Casualmente (o no), fue también el hilo conductor de la crítica del primer ensayo [2] del fundamental “libro” de David Harvey, Social Justice and the City, compilado y publicado en 1973 [3].

A pesar de que estos libros han sido más conocidos por otras de sus secciones críticas, teóricas o metodológicas, el argumento de este ensayo se extiende sobre los primeros capítulos de ambos libros, que junto con otro libro fundamental de Lefebvre, La révolution urbaine, tratan de las injusticias estructurales de nuestros aparatos disciplinarios “urbanos”, y constituyen la mayor crítica operativa para una transformación radical [4]. Este no es el tipo de transformación deseada sobre la que nosotros –como críticos urbanos– normalmente escribimos, y que la mayoría de las veces suponemos que está fuera de nuestro control. Aquí voy a argumentar que todas las personas que se dedican a la práctica urbana pueden controlar y liderar la transformación que Lefebvre y Harvey instigaron en teoría.

En la sección cuarta del capítulo introductorio de La producción del espacio, llamado “Esquema de la presente obra”, Lefebvre escribe: hay una “tendencia muy fuerte dentro de la sociedad actual y su modo de producción” en la que “el trabajo intelectual, como el trabajo material, está sujeto a una división inacabable” [5]. Casi un siglo antes, Marx comenzó a construir dicho argumento en su crítica de la división capitalista del trabajo, su relación con la maquinaria y sus formas coercitivas de la alienación. “La especialidad de la manipulación de una herramienta y siempre la misma de por vida, se convierte ahora en la especialidad de servir a una máquina y siempre la misma de por vida” [6]. En sus muchas críticas sobre la especialización, Marx siempre dirigió la atención a la simplificación resultante y la abstracción del proceso de trabajo, así como a la adaptación del trabajador a operaciones repetitivas y muy sencillas, lo que permitía al trabajador perder de vista los complejos procesos de explotación en los que estaba incrustado. En esta lógica de división, cualquiera que participara en el modo de producción capitalista se vería “sujeto a la herramienta de su función, a través de la división del trabajo”, y ello nos incluye, obviamente, a nosotros los “intelectuales”, como argumentó después Engels en su Anti-Dühring de 1877: “las ‘clases cultas’ en general (están sometidas) a sus múltiples especies de limitaciones locales y de unilateralidades, a su propia miopía física y mental, a su raquítico crecimiento debido a su formación especializada y limitada, y a su encadenamiento de por vida a esta actividad especializada” [7].

Muchos de los que lean este breve texto, como yo, han sido educados como una especie de especialista “urbano”. Ya se origine nuestro conocimiento a partir de las muchas divisiones de las ciencias sociales, o los muchos campos de estudio de las artes, el diseño o la ingeniería, nuestro conocimiento básico de la ciudad proviene de la reducción de procesos complejos a una perspectiva disciplinaria limitada. “Evidentemente, la ciudad no puede conceptualizarse en los términos de nuestras estructuras disciplinarias actuales. Sin embargo, hay muy pocos signos de un nuevo marco interdisciplinario para pensar, y mucho menos para teorizar sobre la ciudad”, escribió Harvey en 1970 [8]. En ese año, tanto Harvey como Lefebvre apuntaban al problema estructural y conceptual del conocimiento urbano contemporáneo: la creciente fragmentación, separación y desintegración de la comprensión y el manejo de la ciudad, que indican la falta de un conocimiento o teoría unitarios acerca de cómo se utiliza y se produce el espacio urbano.

“El objetivo es descubrir o construir una unidad teórica entre ‘campos’ que se perciben por separado”, argumentó Lefebvre [9]. Pero a medida que avanzamos hacia la siguiente fase de la urbanización capitalista, el aparato formativo de las nuevas generaciones, sigue fragmentándose; proliferan nuevas especializaciones en lo “urbano”, del urbanismo del paisaje y el urbanismo ecológico a los circuitos urbanos en los programas de relaciones exteriores. En nuestra estructura disciplinaria común, los arquitectos reivindican su experiencia en el entorno construido más pequeño, los diseñadores urbanos afirman su dominio de la forma urbana a gran escala, mientras que los planifica- dores, geógrafos y economistas se arrogan el espacio territorial y global. Sociólogos urbanos, antropólogos y psicólogos avalan el conocimiento especializado del comportamiento humano; los abogados y los políticos asumen los límites legales de la gestión y el crecimiento de la ciudad; los ingenieros, ambientalistas y técnicos asumen la responsabilidad de los aspectos funcionales y logísticos de la ciudad, y así sucesivamente. A veces, escribe Lefebvre, “estas especializaciones se incrustan entre sí bajo los auspicios de ese actor privilegiado, el político. En otras ocasiones, sus respectivos dominios no se superponen en absoluto, de modo que ni los proyectos comunes ni la continuidad teórica son posibles” [10]. En realidad, estas disciplinas urbanas descolocadas apenas se comunican o contribuyen a la cooperación. Sin embargo, la consecuencia problemática principal en el ámbito urbano surge de la falta de entendimiento entre cada punto de vista disciplinario, dirección y modo de actuación fragmentados. “Rara vez se ponen de acuerdo en las palabras y términos que utilizan”, escribió Lefebvre en el tercer capítulo de La revolución urbana, “y mucho más raramente (se ponen de acuerdo) en los conceptos subyacentes. Sus supuestos y teorías son en su mayor parte incompatibles. La confrontación y el desacuerdo pasan por éxitos” [11].

Para algunas áreas de estudio, como la mecánica estructural, la química cuántica, la psicología criminal o la ingeniería de productos, la especialización permite una forma funcional de desarrollo autónomo donde el aislamiento y la búsqueda de un enfoque específico permiten un tipo particular de innovación. Estas disciplinas están concebidas desde el principio como no relacional-determinísticas en busca del seguimiento de líneas de investigación singulares e independientes de la compleja dinámica de las relaciones capitalistas. Por el contrario, el “urbanismo” debería haber sido concebido como el opuesto diametral de una disciplina especializada, simplemente porque el ámbito urbano en sí es un complejo dinámico de relaciones capitalistas, materiales e inmateriales, sociales y espaciales, políticas y económicas, ambientales y técnicas, históricas y teóricas, como Lefebvre y Harvey nos recuerdan en muchos ejemplos en todas sus obras. “El fenómeno urbano en su conjunto no puede ser aprehendido por ninguna ciencia especializada”, afirma Lefebvre en La revolución urbana; “los especialistas solo pueden comprender tal síntesis, desde el punto de vista de su propio ámbito, usando sus datos, su terminología, sus conceptos y suposiciones. Son dogmáticos sin darse cuenta, y son más dogmáticos cuanto más competentes… Cada estudioso siente que las otras ‘disciplinas’ son sus auxiliares, sus vasallas, sus sirvientes” [12]. Aún más, “el especialista afirma la validez exclusiva de la ciencia, barriendo a un lado a las otras disciplinas o reduciéndolas a la suya propia” [13].

Maqueta de la instalación urbana “Active Monument to Urban Destruction”: Bienal de Diseño de Istanbul, 2012.

En el actual complejo capitalista altamente desarrollado de conocimientos serviles y fragmentados, parece imposible concebir un cambio verdadero de la tradición de la práctica urbana especializada. Como exige el capitalismo, los arquitectos seguirán diseñando objetos habitables, los geógrafos seguirán trazando el mapa de los flujos económicos, los planificadores continuarán zonificando y los ingenieros ambienta- les seguirán ocupándose de la energía renovable y los diversos problemas de la contaminación. Según mi opinión, no hay duda de que las prácticas urbanas fragmentadas se mantendrán y se desarrollarán en más subespecialidades (así que no se preocupen, ¡los intelectuales seguirán prosperando!). Sin embargo, mi querido lector, ahí fuera se ha ido creando algo, algo fuera de nuestro mundo controlado de especializaciones; a partir de las cenizas de décadas de continua crisis urbana, en las calles se está produciendo y luchando por una forma radicalmente diferente de práctica urbana.

Aquí, estoy apuntando a lo que ha sido la formación lenta pero inevitable de un mundo urbano paralelo. Lo que los novelistas ciberpunk imaginaron hace más de veinte años se está convirtiendo en una realidad palpable: un mundo urbano con economías paralelas, solidaridades subterráneas, intercambios de servicios colectivos, modelos alternativos de vivienda, fábricas cooperativas, agricultura localizada, y estructuras pedagógicas alternativas, todo creado por la gente. Y todo esto ocurre al lado de un gigantesco aparato de gobierno orwelliano más unificado, que pretende controlar los procesos urbanos en aras de mantener la gran movilidad del capital necesario para la reproducción de un sistema financiero evolucionado.

Tenemos que aceptar el hecho de que el proyecto urbano hegemónico en el que el Estado y/o las empresas, junto con los especialistas, proporcionan, planifican, controlan y definen los modelos de urbanización a seguir por todos los ciudadanos, no es operativo en la mayoría de los espacios urbanos, donde la degradación, el abandono, la segregación, la decadencia, la especulación depredadora, el hambre, la contaminación, la congestión y la falta de vivienda son parte de la vida cotidiana. Los habitantes de estos espacios urbanos ya no pueden imaginar un futuro que venga de una tradición disciplinar especializada, ni pueden prever un cambio dentro de ese viejo proyecto, a pesar de que esa es la dirección en la que la mayoría de los gobiernos siguen trabajando. Nuestros gobiernos han ido “lo más lejos posible en la externalización de los costos que el capital no quiere soportar nunca: los costos de la degradación urbana / ambiental y la reproducción social”, señaló Harvey a principios de 2010, “El ataque al medio ambiente y el bien- estar de la gente es palpable y está sucediendo por razones políticas y de clase, no económicas (…) La única pregunta es: ¿cuándo empezará la gente a librar una lucha de clases nuevamente? [14]”.

A mediados de 2010, muchos ciudadanos como nosotros comenzamos a librar una guerra de clases organizada. “Es un camino terriblemente largo solo para llegar a los puntos de partida de los primeros intentos de construir un mundo nuevo”, afirma Mike Davis, “pero, al menos, una nueva generación ha iniciado el camino con valentía” [15]. Y ahora, ¿qué vamos a hacer nosotros, los urbanistas?

Ante esta pregunta, Lefebvre sugirió “estrategia urbana”: trabajar por la urgente reintegración de la práctica social y la práctica urbana hacia una “sociedad urbana”. Quizás Lefebvre tenía razón al señalar la importancia de la práctica social en el ámbito urbano, sin embargo, Lefebvre, en su constante reivindicación de la construcción de una nueva ciencia de lo urbano, no podía imaginar que esa reintegración iba a ser dirigida por la gente y no por los intelectuales comprometidos con la nueva ciencia. Este (nuevo) científico urbano que Lefebvre estaba describiendo, (si es que alguna vez existió) ahora tiene que disolverse en lo cívico y convertirse en pueblo bajo para ser relevante y operativo.

El 17 de diciembre de 2010 marcó el primer aniversario del suicido prendiéndose fuego de Mohamed Bouazizi, un acto desesperado de protesta, una chispa humana que provocó un levantamiento mundial de proporciones históricas. De modos diferentes, los islandeses, tunecinos, egipcios, libios, sirios, griegos, españoles, italianos, británicos, norteamericanos y ahora los rusos (por mencionar algunos) han tomado las calles con numerosas movilizaciones civiles masivas itinerantes contra el aparato neoliberal y la catástrofe económica mundial que ha producido, declarando el ámbito urbano como su campo de acción. Oculta bajo décadas de prácticas urbanas impulsadas por los mercados, emerge desafiante otra manera de actuar como parte del levantamiento global; de entre las ruinas muerto-vivientes de la postmodernidad, pequeños grupos de prácticas urbanas radicales, que durante años lograron resistir y actuar fuera de las nítidas fronteras disciplinarias ocupadas por el capitalismo, poco a poco han comenzado a imaginar colectivamente la forma organizativa y material de un nuevo mundo urbano paralelo. Ello apunta hacia un nuevo tipo de paradigma, la bifurcación de líneas disciplinarias con siglos de antigüedad; una línea que, sin duda, continuará exigiéndoles a los profesionales clásicos que satisfagan las necesidades y deseos de representación del establishment capitalista y otra que construirá un tipo muy diferente de práctica transdisciplinaria preocupada por la producción del nuevo mundo urbano paralelo.

Hasta el momento, está claro que no hemos podido generar el conocimiento necesario para permitir a los actores urbanos adaptarse y responder a las urgencias socio-espaciales producidas por el capitalismo, pero finalmente podemos ver que se están montando formas verdaderamente nuevas y complejas de conocimiento urbano a partir de las experiencias de activistas de los numerosos grupos que ahora forman la insurgencia global. En contra de los conocimientos urbanos tradicionales especializados –geografía, arquitectura, política, vivienda, planificación– estos grupos están redefiniendo la práctica urbana en el cruce indeterminado de caminos de diferentes líneas disciplinarias, difuminando las fronteras entre las ciencias sociales, el trabajo social, el diseño, el arte, las ciencias medioambientales y otras. En su nuevo ensamblaje, desarrollan una práctica urbana que se inscribe en la dinámica de la ecología urbana en la que opera, y contribuyen a la puesta en práctica de una transformación urbana impulsada desde la base.

No hace mucho estuve en Brooklyn participando en el Día Nacional de Acción contra las ejecuciones hipotacarias, una convocatoria organizada por diversos grupos y comités que integran el movimiento Occupy Wall Street (Ocupad Wall Street). De los miles de personas que respondieron a la convocatoria, un porcentaje muy pequeño pertenecía profesionalmente al mundo “urbano” especializado. Éramos una mezcla de ciudadanos organizados de todos los ámbitos imaginables; lo que todos teníamos en común era el deseo punzante de alterar las prácticas represivas de urbanización que habían producido la ciudad en la que vivimos la mayoría de nosotros, y en la que los admirados arquitectos, planificadores, urbanistas, geógrafos y paisajistas habían estado profundamente implica- dos. Las prácticas urbanas paralelas que van ahora en aumento comparten este deseo. También comparten similitudes en la composición y la forma de actuar: todas ellas son prácticas híbridas que integran múltiples disciplinas y fuentes de conocimiento alternativo, desde el conocimiento de la calle a la dinámica social, de las políticas urbanas a la ecología. Como colectivos, desarrollan críticas operativas de la economía política urbana; abogan por el derecho a la ciudad, y experimentan con los sistemas de propiedad no especulativos, los modelos pedagógicos y las relaciones socio-espaciales para la producción, por mencionar algunos. Dichas prácticas han reconocido que una gran parte de los conocimientos adquiridos en su formación disciplinaria clásica son demasiado deterministas, fútiles e inútiles para responder activamente a la apremiante situación de nuestro entorno urbano. Han entendido que se necesitan nuevas formas de conocimiento para la lucha contra los dictados sociales, financieros, económicos y políticos del capitalismo y sus principales negociadores. La cuestión es ¿escogería usted seguir luchando con el conocimiento determinista o decidiría participar en el desarrollo del cono- cimiento urbano unitario que nuestras ciudades están pidiendo a gritos?

Para todos los lectores inconformistas, críticos y desencantados de este texto, ahora es irrelevante la distancia teórica producida en el interior de las torres de marfil de la práctica “urbana”, junto con sus pequeñas bolsas de gloriosa resistencia y su producción de la segura criticidad que ha dominado las tres últimas décadas de interminables análisis acabados en manifiestos. Ha llegado el momento de disolver por fin nuestras prácticas “urbanas” en lo cívico, de entender que una práctica espacial crítica solo puede lograrse si se redefine en las dimensiones activas de un movimiento urbano mayor –15-M, Occupy Wall Street, Indignados, La Primavera Árabe, ¡Democracia real ya!, y otros existentes–. Y más grupos similares se han de formar en la solidaridad, esperando que nosotros participemos y contribuyamos a la construcción real y activa de otras posibilidades, del cambio estructural. Ha llegado el momento de que metamos las manos en la suciedad de todo lo establecido por el neo-liberalismo. No se trata de la arquitectura, la planificación, la sociología o la geo- grafía, sino que debemos luchar para destruir nuestros centenarios silos disciplinarios, unirlos en la totalidad dinámica ecológica de la acción cívica y en nuestras precarias vidas cotidianas. Solo entonces podríamos ser capaces de concebir una práctica urbana crítica socialmente relevante.

 


Imagen de portada: Pancartas ilegales, parte del proyecto “Campagna Urbana” en Lecce (Italia), otoño de 2012.

Notas:

  1. Henri Lefebvre, La production de l’espace, París: Anthropos, 1974.
  2. Titulado: “Social processes and spatial form: an analysis on the conceptual problems of urban planning” (Los procesos sociales y la for- ma espacial: un análisis de los problemas conceptuales de la planificación urbana).
  3. “Social Justice and the City” (Justicia social y la ciudad) es una recopilación de ensayos previamente publicados. El primer capítulo al que me refiero fue publicado por primera vez en el volumen 25 de “Papers of the Regional Science Association” (Documentos de la Asociación Regional de la Ciencia) en
    1970, el mismo año en que se publicó La revolución urbana de Lefebvre.
  4. Henri Lefebvre, La révolution Urbaine, París: Gallimard, 1970.
  5. Henri Lefebvre, The Production of Space (La producción del espacio), Oxford: Black- well, 1991, 8.
  6. Karl Marx, El Capital Vol. 1, Cap. 15.
  7. Henri Lefebvre, The Production of Space (La producción del espacio), Oxford: Black- well, 1991, 8.
  8. David Harvey, Social Justice and the City, pág. 22.
  9. Henri Lefebvre, The Production of Space, pág. 12.
  10. ibíd.
  11. Lefebvre, La revolución urbana, pág. 53.
  12. ibíd. pág. 54.
  13. ibíd. pág. 63.
  14. David Harvey, The Urban Roots of Finan­cial Crises: Reclaiming the City for Anti Capi­talist Struggle (Las raíces urbanas de la cri- sis financiera: La recuperación de la ciudad para la lucha anticapitalista), The Socialist Register, 2010, pág. 4.
  15. Mike Davis, Spring Confronts Winter (La primavera se enfrenta al invierno) en New Left Review (Nueva Revista de la Izquierda), noviembre-diciembre 2011, pág. 5.

 


Este artículo fue publicado en el volumen 5 de la Colección Ciudades Creativas (2013) de Fundación Kreanta correspondiente a las V Jornadas Internacionales Ciudades Creativas organizadas por la Fundación y la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín del 2 al 6 de octubre de 2012, en Medellín (Colombia).

 

 

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