Close

La cultura de la incertidumbre (Josep Ramoneda)

Me parece que la incertidumbre es un elemento capital en el momento que vivimos. De la cultura esperamos muchas cosas, pero principalmente que nos defina un marco, que nos rotule el espacio en que vivimos, que de alguna forma nos marque lo que tiene que ser el perímetro por el que nos movemos habitualmente. Ya conocéis la clásica definición de Hegel de cultura “el modo de hablar, trabajar y desear de una sociedad determinada”, suena un poco antiguo y romántico, pero expresa muy bien esta idea de que la cultura es en el fondo aquello que nos ampara y nos protege. Es en el seno de lo cual el individuo entra en sociedad. Nacemos relativamente en blanco, muy poquito en blanco porque llevamos bastantes marcas genéticas puestas y nos encontramos con un marco cultural muy definido y, es allí donde pasamos de ser biológico asexuado a persona humana con todas las cargas encima, y, por lo tanto, de la cultura esperamos que sea un cierto referente continuado, que nos sitúe, nos acompañe y nos ampare. Esto en los tiempos que corren tenemos la sensación que se desvanece. Seguro que no es una sensación nueva, seguro que es una sensación que se ha repetido en otros muchos momentos de cambio a lo largo de la historia de la Humanidad. Pero en este momento es más apremiante que en ningún otro momento por las razones que explico a continuación. Pero, al mismo tiempo, la capacidad adaptativa de la cultura es enorme, si vemos lo que es la evolución biológica en relación a la evolución cultural, la diferencia es realmente considerable.

 

Evolución de la cultura

¿Qué sería de nosotros, donde estaríamos, en qué etapa de la Edad de Piedra estaríamos si no fuese por la capacidad de adaptación que la cultura nos aporta? Por lo tanto ¿qué quiere decir esto? Que la cultura tiene que cambiar, tiene que evolucionar permanentemente. Somos seres culturales, por lo tanto somos seres sometidos a una cierta lógica del cambio, que en el fondo tiene una vocación adaptativa básica central. Evidentemente, hay algo que marca los rumbos, los cambios y los momentos de crisis en la cultura, que es la tecnología. Los grandes cambios tecnológicos han marcado los grandes momentos de incertidumbre para consolidar después estados culturales posteriores que, a su vez evolucionarán y cambiarán. Es muy importante la reflexión sobre la tecnología y ahora más que nunca. Especialmente, si no queremos creer como Heidegger que la tecnología es una especie de destino al que de algún modo tendríamos que someternos, si realmente queremos seguir creyendo que el fin es el hombre y que la tecnología y la técnica son solo el instrumento. Tenemos que estar muy atentos porque el poder de las tecnologías actuales es tan enorme que es muy difícil, a veces, tener clara esta diferenciación. Un cambio tecnológico de gran envergadura tiene muchas consecuencias. Nosotros estamos viviendo un cambio tecnológico de los más importantes, para que seamos conscientes porque a veces hay marcos referenciales que se nos pierden, la aceleración que el mundo ha vivido en los dos últimos siglos es impresionante. Hay un dato que a mí me parece siempre muy elocuente: en la prehistoria, según dicen los demógrafos más solventes la esperanza de vida de los humanos estaba en torno a los 18-19 años, en la segunda mitad del siglo XIX en Barcelona según los datos de Anna Cabré era de 38-39 años, en poco más de cien años se ha más que duplicado. Esto de por sí ya explica el enorme cambio que ha habido en la humanidad en los últimos tiempos, en los últimos dos siglos. Pero, además la aceleración en los últimos cincuenta años ha sido extraordinaria, y esta aceleración evidentemente viene a partir de lo que podríamos llamar rupturas o grandes saltos tecnológicos. En pleno salto tecnológico, nos vemos inmersos en una profunda crisis. Hay que meditar el concepto de crisis porque es un concepto que utilizamos con excesiva banalidad y facilidad, como decía Jacob Burckhardt “en general, las auténticas crisis son raras”. Pero, esta vez estamos en una auténtica crisis, muchas veces hemos hablado de crisis de una manera superficial, y hay palabras además que, a fuerza de repetirse, pierden cualquier sentido y significación. No, ésta sí es una crisis, pero una crisis es un concepto transitivo. En la Grecia clásica, en el pensamiento clásico, siempre había tenido esta dimensión transitiva, siempre ha tenido la dimensión de disyuntiva, de momento de decisiones. Diderot decía a propósito de los tiempos de la Revolución Francesa “estamos ante una crisis que conducirá a la esclavitud o a la libertad”. Y Leibniz hablaba de crisis como momentos precisos en el devenir de las cosas. La crisis es un momento de disyuntiva, de oportunidad, no solo trágico, y, tenemos una cierta tendencia a relacionar crisis con apocalipsis, pero no olvidemos que la palabra apocalipsis en Grecia quería decir desvelar. Es un momento en que se desvelan cosas que estaban ocultas, es un momento en el que se desvelan cosas que no eran tan evidentes. Este solo dato es un dato que nos obliga a estar atentos.

Una de las cosas que me parece más importante es insistir en una idea que va contracorriente. Esta crisis no es una crisis económica o no es solo una crisis económica, hay un interés deliberado en presentar esta crisis como una crisis solo económica, porque si es solo económica se puede defender lo que la ideología dominante pone en circulación en este momento, que la resolución es una cuestión que responde solo y estrictamente a los técnicos y se puede llegar a esta barbaridad de desplazar a gobiernos elegidos democráticamente por gobiernos de tecnócratas elegidos por Berlín y los mercados por decirlo rápidamente. Es necesario que se crea que la crisis es solo económica para orientar la solución en una dirección determinada, y, en cambio, esta crisis es mucho más que económica, es una crisis política, es una crisis social, es una crisis cultural, es una crisis por ejemplo, y esto se dice muy poco, una crisis de la Universidad. ¿Por qué digo una crisis de la Universidad? porque en esta crisis se ha revelado, según el concepto griego de apocalipsis, que muchas economistas de Universidades y de Escuelas de Negocios y muchos Departamentos Económicos de las grandes Universidades americanas especialmente no han ejercido su función, han trabajado al servicio de quien les pagaba más y esto se ha revelado de una manera descarada en esta crisis y me parece que es uno de los temas que evidentemente trata de ocultarse pero que tendríamos que tener muy vivamente presente.

Vivimos efectivamente en una situación de crisis, en una situación por tanto de intemperie, de incertidumbre, de inseguridad. Una crisis que tiene en muy buena parte un origen cultural, yo casi diría de psicopatología colectiva. Durante la primera época del siglo XXI se impuso la idea de que todo es posible, y cada vez que se ha impuesto la idea que todo es posible, acaba mal, porque si hay un principio propio vinculado a la especie humana, es precisamente este, que no todo es posible. Y en esta dinámica del todo es posible se han alcanzado cotas que eran absolutamente impensables unos años antes, cotas en el terreno económico, donde contra toda evidencia, contra todo razonamiento lógico se ha llegado a comportamientos que han acabado siendo autodestructivos para el sistema económico, con excesos en todos los sentidos: excesos de apalancamiento, excesos de productos absolutamente impresentables en los mercados, excesos de una ciega creencia en que el crecimiento indefinido era posible, excesos intelectuales y teóricos, especialmente graves. Pero también en otros terrenos se ha roto la cultura de los límites, para mí hay una fecha muy significativa para la crisis política y moral que vivimos en este momento, esta fecha es el día de agosto de 2002 en que el Presidente Bush, el presidente de los Estados Unidos, supuesta patria de las libertades, decide legalizar la tortura, es decir decide legalizar uno de los más execrables crímenes que puede cometer un Estado. Aquel día la idea de límites había saltado definitivamente por los aires.

Vivimos por lo tanto en una crisis que nos genera muchas incertidumbres, porque nos ha revelado y ha puesto sobre la mesa algunas cuestiones que afectan de una manera total a nuestra manera de ser y a nuestra manera de comportarnos. Evidentemente hay dos cosas que saltan a la vista: una es la aceleración y la otra es la aparición del espacio que podríamos llamar virtual.

Se ha producido en los últimos años por el poder de las nuevas tecnologías un proceso de aceleración de la vida absolutamente espectacular. Las cosas tienen su tiempo, hemos sido educados en unos tiempos, hay cosas que requieren especial tiempo: el tiempo de pensar, el tiempo de crear, el tiempo de amar, a estas cosas hay que darles el tiempo que requieren, si no perderemos pie, perderemos valor, profundidad, dimensión. En cambio, vivimos en un momento, una presión, una aceleración del uso del tiempo, que obliga a pensar con mucha más rapidez de lo que es razonable, que obliga a hacerlo todo con una rapidez muy superior a lo que es razonable. Esta aceleración del uso del tiempo evidentemente provocará consecuencias antropológicas, habrá una adaptación, habrá una paulatina adaptación de la especie humana a estos nuevos tiempos, pero en este momento hay un claro decalage entre los ritmos de los humanos y la aceleración que las nuevas tecnologías nos están imponiendo. Este decalage, esta fractura es un elemento de una crisis.

No es la primera mutación antropológica a la que asistimos, otras veces, los hombres han hecho adaptaciones de este tipo, y, la habrá, pero de momento es un factor de crisis. Cuentan los psiquiatras, por ejemplo, cómo ha cambiado la configuración de las psicopatologías sociales en los últimos años, en parte como consecuencia de este factor de aceleración. Me decía un psicoanalista, y me parece que es una idea interesante –esto del psicoanálisis ahora sí que está muerto– y le digo – ¿Por qué?– Porque tiene unos tiempos que no son los del tiempo presente. Cuando a mi me viene un paciente y le digo si usted me viene tres días a la semana durante cinco años verá como todo habrá ido mucho mejor. Entonces, él me responde: oiga mire, yo necesito una solución para mañana, deme algo. Es una anécdota, pero me parece que es una anécdota relevante.

 

Niños jugando virtualmente en un Parque Biblioteca de Medellín.

 

Experiencia virtual

Evidentemente está el ámbito de la experiencia virtual. Es curioso que la experiencia virtual haya irrumpido en nuestra sociedad en momento de máximo culto del cuerpo. Hay una verdadera industria del cuerpo cada vez más desarrollada y cada vez más potente como si fuera una especie de gran despedida. Es evidente que entre la experiencia física y la experiencia virtual hay una brecha ¿esta brecha se colmará? Seguro, no sé cómo. Pero hoy en día hay una fractura entre la experiencia física y la experiencia virtual, por lo tanto, este es otro elemento importante de crisis. Estas aceleraciones corren un peligro muy grande, que es el peligro de fractura en el seno de la Humanidad. La fractura digital es algo que empieza a estar presente en la sociedad, porque las tecnologías digitales han avanzado muy rápidamente en las sociedades, pero hay un momento en que se cortan, alrededor del 50% de usuarios, el crecimiento se ralentiza rápidamente y prácticamente deja de crecer. Hay aquí una amenaza de fractura, digamos digital, de una considerable importancia.

Pero estamos además en el seno y en el marco de otra gran revolución tecnológica, que probablemente será la gran protagonista en los próximos años, que es la de la función bio, todo lo que tiene que ver con las biotecnologías. Hay aquí otra fractura muy importante, una fractura que tiene que ver directamente con la responsabilidad y que puede tocar campos muy directamente implicados en las relaciones humanas y culturales.

¿Qué quiero decir con la ruptura biotecnológica? Pues sencillamente que caen en nuestras manos una serie de responsabilidades que hasta ahora habíamos delegado en los dioses. ¿Está el hombre en condiciones de asumir este grado de responsabilidad? La responsabilidad que se deriva de lo que podríamos llamar la oportunidad de ejercer manipulaciones genéticas, por ejemplo. Hay aquí otra dimensión enorme. Hablamos muchas veces de los problemas de las relaciones entre los hombres y las mujeres y olvidamos una cosa fundamental, los hombres gracias a la evolución tecnológica hemos dejado de ser imprescindibles para la procreación. Esto sí que cambia profundamente todo. Ya no somos necesarios y este es un factor de una importancia extraordinaria. A Anna Cabré, la demógrafa, un día le formulé esta pregunta y me contestó con una brillante ironía –sí, pero no os preocupéis os salvará la dimensión social, todas las madres quieren que sus hijos tengan un padre–.

No solo eso, estamos viendo cómo se pone de manifiesto, día a día, un problema profundo que afecta al destino de la política y la democracia, que es la ruptura del equilibrio entre poder político y poder económico. La razón es muy sencilla, el poder económico se ha globalizado y el poder político sigue siendo nacional y local. Esto provoca una brecha tremenda que pone en cuestión las posibilidades de gobernanza y que está obligándonos a asistir al vergonzoso espectáculo cotidiano de ver a los gobiernos elegidos democráticamente pendientes de los mercados y no de los ciudadanos. Hay aquí una ruptura con la democracia extremadamente peligrosa, hay que plantearse el problema de cómo es posible la gobernanza de un mundo en que el poder económico está globalizado y el poder político sigue siendo nacional, local, está la democracia en juego en ello, entre otras cosas, porque una de las consecuencias de todo eso, por una de las razones que nos han llevado a todo eso, es que la mayoría social ha perdido capacidad de intimidación frente a las élites.

Todo este panorama acostumbramos a situarlo en el marco de esto que se llama un proceso de globalización. Y es verdad: tecnología, globalización, crisis son tres cosas que van muy juntas. A veces parece como si la globalización fuese una cosa extraordinariamente nueva y extraña. No, la única novedad esta vez es que probablemente ha alcanzada a la casi totalidad del globo, pero cambios de escala del sistema ha habido muchos a lo largo de la historia. El imperio romano fue un proceso globalizador, la conquista de América fue un proceso globalizador, el imperialismo del siglo xix fue un proceso globalizador, etc. Hay una tendencia que lo primero que se globalice sea siempre el dinero y el crimen, pero en fin esto es una cosa que está latente ahí. Pero, hay una cosa que me interesa en esta comparación entre procesos globalizadores, que es que cada cambio de escala, cada proceso globalizador y su crisis correspondiente, ha puesto en cuestión el propio concepto, la propia idea, la propia condición de Humanidad. Cada vez que ha ocurrido esto, ha aparecido la pregunta ¿qué es la humanidad? Y ha aparecido la pregunta sobre si todos somos humanos: ¿los romanos y los bárbaros? El padre Francisco de Vitoria tuvo que recordar que los indios también eran hijos de Dios. En el siglo xix, en las ferias y congresos, que se pusieron de moda por toda Europa, se mostraban como objeto de curiosidad y espectáculo a seres humanos de diferentes lugares de las colonias. El intento de globalización soviético inventó el hombre nuevo, el intento de globalización nazi inventó la raza pura, siempre ha habido la puesta en duda de la condición única de la Humanidad sobre la mesa, y esta vez también. Esta vez con la fractura digital también se vuelve en cierto modo a plantear la pregunta, y hay momentos en que uno llega a pensar si Nietzsche tenía razón si realmente vamos a ver coexistir en el planeta durante un tiempo el último hombre y el superhombre. Me parece que este es un peligro extraordinario y un peligro creciente. Yo nunca había oído tantas veces decir cosas como, por ejemplo, que con lo complicados que son los temas actuales no tiene sentido que todo el mundo tenga el mismo derecho de voto, que la gente que sabe tendría que tener más voto que los demás. Empiezan a alumbrar este tipo de ideas de fractura. Todas estas cuestiones, y otras muchas sobre las que podría ir reflexionando concluyen en un lugar y este lugar es la ciudad, que se ha convertido en, como dice Zygmunt Bauman, en el contenedor de todos los problemas del mundo.

Si he puesto estas consideraciones sobre la mesa es porque me parece que es en la experiencia cultural urbana, donde esto se juega de manera decisiva. Al hablar de la experiencia urbana, tendemos a poner énfasis en un punto, que es el de la interculturalidad. Uso interculturalidad deliberadamente porque el concepto de multiculturalidad me parece un concepto confuso, equivocado, y productor de disparates monumentales. Por lo tanto, uso interculturalidad, es decir las relaciones entre gentes que tienen sus orígenes y su formación en marcos culturales distintos. Es verdad que el proceso de globalización facilita estas cosas, es verdad que puedes mandar instantáneamente dinero o ideas de una punta a la otra del planeta, también mercancías pero ya es un poco más difícil, y, personas que ya es mucho más difícil. A veces, tanto insistir en la interculturalidad parece como si todo el mundo estuviera todo el día moviéndose de una parte a otra, relativicemos las cosas, no hay para tanto. En realidad, la inmigración económica mundial es de alrededor unos 200 millones de personas, una parte muy ínfima de la población del planeta, solo la emigración interior china es ya superior al conjunto de la emigración económica mundial. Pero sí es verdad que estamos haciendo el ejercicio de vivir juntos gente diferente y estamos rompiendo el mito de las sociedades homogéneas. Digo mito porque nunca fue verdad, siempre hemos habitado lugares que antes habían habitado otros, por decirlo con una bella frase de Dipesh Chakrabarty. Estamos derrumbando definitivamente el mito de las sociedades homogéneas. Por tanto, la heterogeneidad es una realidad y es un valor. Por el contacto físico, pero también por el contacto virtual.

Quería terminar con una referencia al factor digital. Vivimos el proceso de incorporación a la cultura de este factor que ya es y será determinante. El factor digital como todas las cosas plantea enormes beneficios y evidentemente grandes problemas. Antes se decía que la información es poder porque cuando la información era muy escasa, tener información era realmente muy relevante, ahora que la información es infinita, la información infinita o se sabe cómo tratarla o puede ser tan inútil como la información cero, pero estamos en una era que marca un gran salto en la Humanidad y que tendrá como decía antes consecuencias directamente antropológicas. Por eso me parece muy importante desarrollar lo que llamaríamos un humanismo digital. En la senda de Gilbert Simondon, Bernard Stiegler ha trabajado en esta idea: las formas de individualización y de socialización que tomarán cuerpo a través de la cultura digital. Parece evidente que aquí se nos abre camino para una cuestión fundamental que es un cambio en las relaciones que empiece a matizar el proceso de individualización. Yo creo que una de las potencialidades de la cultura digital es introducirnos en lo que algunos llaman la era o la economía de la contribución, que es una forma de compartir, de trabajar juntos que de alguna manera podría hacernos avanzar en vías más comunicativas, menos fragmentadas y es en este terreno que creo que hay una cuestión fundamental que es repensar o replantear las relaciones entre ciencia y humanismo.

Es evidente que el prestigio de la ciencia es tan impresionante que ejerce a menudo un papel de contención o de opresión sobre la cultura humanista y sobre la cultura humana. Hay una advertencia de Albert Einstein que no podemos olvidar nunca, dice: “no debemos sobrestimar la ciencia y los científicos cuando se trata de los problemas humanos, y no deberíamos dar por supuesto que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse sobre las cuestiones que tienen que ver con la organización de la sociedad”. Me parece que es una idea muy aleccionadora para el tiempo que corre. Pero yo creo también que las ciencias contemporáneas han aportado al humanismo una dimensión de la que a veces no queremos ser conscientes y que es muy importante, han despojado, por decirlo así, de cargas míticas e ideológicas el pensamiento sobre lo social, y por supuesto ha situado a la Humanidad ante la realidad de su contingencia. Que, como decía Jacques Monod los hombres tan desesperadamente han negado, han intentado negar siempre. Creo que la evolución, especialmente la biología contemporánea nos ha permitido digamos establecer o asumir tres principios básicos para mí para la reflexión cultural.

El primero es el principio de no harmonía, es decir, el desarrollo científico especialmente en el campo de la biología nos ayuda a la desmitificación de la idea que la humanidad arrastra inasequible al desaliento desde Platón, de la armonía entre verdad y bien. No hay armonía entre verdad y bien, la verdad ni es buena ni es bella como ya se ocupó de testificar el arte moderno, la verdad es algo tan precario como Popper describió con su principio de falsación, la verdad nos puede hacer sabios pero no forzosamente bondadosos. No es por la verdad que hay salvación. De la verdad no surge forzosamente ni la cooperación ni la paz, y esta es una idea sobre la que me parece que tenemos que estar atentos El segundo es el principio de imperfección que constata que hay soportes neuronales para la agresividad y la confrontación con el otro, por lo tanto es falso el principio rousseauniano que tanto daño ha hecho de que el hombre es bueno por naturaleza. Esta idea de bondad por naturaleza, de que la maldad nos sobrevenía fruto de las relaciones sociales ha hecho estragos en una cuestión básica como es la cuestión de la responsabilidad porque si somos buenos por naturaleza y el responsable del mal solo son las relaciones sociales ¿quién es responsable entonces? La cuestión de la responsabilidad a mi me parece central cuando estamos asistiendo a una crisis en la que las élites dan el extraordinario espectáculo de decir que todos somos responsables, es decir que nadie es responsable, porque cuando se dice que todos son responsables, nadie es responsable. Y, sin embargo, esta crisis tiene nombres y apellidos muy concretos.

Y finalmente, el principio de emotividad que constata el peso de la compleja economía del deseo en el comportamiento humano. Es evidente que una de las manifestaciones de la emotividad es la empatía en el entorno inmediato, la tribu, pero estamos ya lejos de ello. La emotividad es un factor muy importante para explicar determinadas formas de conflictividad que plantea la cuestión del nosotros ¿Cuál es la extensión de este nosotros? ¿Hasta dónde alcanza esta empatía? Cuestiones que como ha explicado Peter Singer tienen mucho que ver con la posibilidad de una ética global. El principio de emotividad desmitifica la idea, simplificadora, tan extendida en el terreno de las ciencias humanas de que el comportamiento de los hombres responde siempre a criterios de optimización racional, medidos en intereses contables. La emotividad también cuenta. Y, a menudo, conduce a actuaciones catastróficas para el interés puro y duro del individuo. Lo hemos visto recientemente con esta crisis.

 


Imagen de portada: Imagen del movimiento 15-M en la Plaza de Sol, Madrid.

 

 

Este artículo es una transcripción de la ponencia de Josep Ramoneda en las IV Jornadas Internacionales Ciudades Creativas organizadas por la Fundación Kreanta y CentroCentro del Ayuntamiento de Madrid del 24 al 26 de noviembre de 2011, en Madrid. Posteriormente fue publicado en el volumen 4 de la Colección Ciudades Creativas (2012) de Fundación Kreanta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *